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Estudiante de Matemáticas aplicadas a la computación (UNAM) e Ingeniería en Biotecnología (UNAdM). Acérrimo lector del género de ciencia ficción, entre sus autores favoritos están Douglas Adams (La guía del autoestopista galáctico), Isaac Asimov (El fin de la eternidad) y Frank Herbert (Dune). Ha leído La insoportable levedad del ser de Milan Kundera o Filosofia para principiantes de RIUS, las tiras cómicas (Mafalda, Calvin y Hobbes, Garfield, Trino, etc.), los comics y el manga (20th century Boys, Fullmetal Alchemist, Leviathan, etc.). Fan de la música (sobre todo ambientaciones de películas y videojuegos) y de jugar videojuegos.

Twitter es: @infinity_kamui


Eriol Herbags era uno de los pocos selenitas que conservaba la costumbre de dar una vuelta diaria por las afueras de las cavernosas instalaciones de la luna. La mayoría de los hoy habitantes lunares odiaban salir a dar la vuelta, sin embargo Eriol nació en la luna y no comprendía el porqué de ese rechazo a la vista fenomenal que ofrecía el surco de la luna con su especie de sol.

A veces se sentaba a admirar la enorme estrella incandescente que les suministraba energía para seguir viviendo en su colonia, se quedaba dormido en su traje espacial y soñaba con la Tierra, aquel planeta de donde su raza era originaria; recreaba el cielo, los mares, bosques, desiertos, glaciares y todas la variedades de animales que sólo conocía a través de las holoenciclopedias. Se imaginaba ese mundo lleno de metrópolis con mares de gente y espacios abiertos enormes para ir, venir u observar.

Despertaba del lucido sueño para volver a su cavernoso hogar, era increíble que luciera tan hermosa en sueños y tan incandescente a las orillas de su hermoso pero obligado hogar.