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Un viejo gruñón y anillado
Gabriel Chanchi - Orión @gabrielchanchi
 
Imagen: Rings of Saturn de Robert (flickr: http://ow.ly/KLuzd) 

El viejo gruñón de pobladas cejas se despertó con los rayos de sol en sus ojos, se puso sus anillos y con su corpulenta masa muscular se incorporó de la noche larga.  Era un día más de trabajo y debía iniciar su jornada diaria de cobrador puerta a puerta, pues prestaba dinero con  intereses, a cambio de piedras preciosas y rocas mineralizadas, de las cuales era un enfermo y excéntrico coleccionista.

Como los préstamos del viejo eran altísimos, muy pocos podían recuperar las preciosas piedras, así que el excéntrico personaje gozaba de una amplia y variada colección, que lo hacía sentirse orgulloso e inflamaba su corazón paulatinamente de avaricia. Cada mañana antes de salir para su intimidante trabajo, el viejo contaba y colocaba sus rocas sobre el césped de su jardín, formando una circunferencia alrededor de su imponente y majestuosa casa. Los repartidores de periódico y mensajeros que pasaban por allí lo escuchaban a diario decir: 1001, 1002,1003….1020….

Al llegar de su trabajo, el viejo realizaba el proceso inverso, guardando meticulosamente las rocas en un gran baúl forrado de ámbar, amatista y citrino. Posteriormente se sentaba en medio de su amplia sala, en una especie de trono que el mismo había diseñado y adornado con ópalos y topacios. Al viejo le gustaba mirar las estrellas a través del techo de cristal de cuarzo de su casa, al tiempo que bebía té caliente y pensaba en las piedras preciosas que le gustaría tener a futuro.     

En aquel lugar, todos le temían al viejo, pues su tono de voz era temerario y amenazante. Sabían que estaban condenados a perder sus piedras, pues los préstamos eran inflexibles. De esta forma, el viejo era un callejón sin salida ante las emergencias económicas, en el que tarde o temprano todos iban a transitar. 

Un día que el viejo llegó del trabajo, se encontró con la sorpresa de que le faltaban piedras preciosas a la circunferencia de joyas que rodeaban su casa. Como no sabía que estaba pasando,  se sentó en el jardín hasta el anochecer a contar una y otra vez las piedras que tenía. A eso de la medianoche se incorporó iracundo y lanzó grito hacia las estrellas: “Me han robado, me han robado”. Todos en aquel lugar al escuchar el grito estremecedor del viejo, corrieron a poner el cerrojo de la puerta, para así evitar que la furia del gruñón prestamista los alcanzara.

El viejo enfurecido sacó su garrote de cristal de cuarzo, y salió por el vecindario a destrozar las ventanas y fachadas de sus deudores gritando: “Conmigo nadie se mete”. Todo fue un tremendo caos en aquella noche, el vecindario quedó irreconocible y lleno de esquirlas producto de la rabia del viejo. Por muchos días el viejo no salió de su casa, quedándose sentado horas largas en su trono de piedras preciosas, lamentando su dolor y llenando de odio su corazón contra el ladrón sin rostro.

Desde lejos, la casa del viejo lucía rodeada por una circunferencia interrumpida sistemáticamente por espacios en blanco. Y es que la porción de planeta que vivía bajo el césped de la casa, se había cargado de indignación contra el viejo gruñón y buscando darle equilibrio al universo, había aspirado hacia su interior las piedras faltantes en la circunferencia. El viejo era Saturno, sexto planeta del sistema solar, segundo en tamaño y masa después de Júpiter. Aquel cuyas circunferencias brillantes descubriera Galileo en el año 1610 y luego Maxwell en 1859 demostrara que éstos estaban formados por miles de rocas de menor tamaño.