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El Diccionario jázaro: una cita a ciegas
Por Fernando López
 
No sabes muy bien por qué, pero acabas de salir de la librería con un ejemplar del Diccionario jázaro. Tal vez te sedujo la ilustración de la portada; o la mosca de la contracubierta; o el aviso que dice “Aquí yace el lector que nunca abrirá este libro. Aquí está, muerto para siempre”. Sin duda te atrajo que tenga instrucciones de uso: nunca antes un libro te había asegurado desde las solapas que puedes perderte en su interior y recorrer tus propios caminos o jugar con él “como se juega una partida de dominó”. Por lo que alcanzaste a hojear en la tienda (sentías la mirada del dueño clavada en tu nuca), tuviste la sensación de que la lectura de ese libro no tenía fin: un fruto que cantaba como si fuera un pájaro te llevaba a una princesa asesinada por su propio reflejo; la princesa te remitía a la historia de un ser deforme transformado en un hombre con 30 rostros diferentes, todos hermosos, pero ninguno feliz; de ahí pasabas al relato de un patriarca con una memoria tan prodigiosa que para él era un castigo; y de nuevo la princesa Ateh, de la que ahora se decía que era la protectora de la secta de los cazadores de sueños, a la que pertenecía su amante; entonces buscaste más información sobre ellos, y se hablaba de uno tan virtuoso en su arte que divisó a Dios en el fondo de un sueño, pero se perdió para siempre en el camino de vuelta… De pronto, cuando tú también parecías perdido en ese sinfín de historias, el carraspeo impaciente del librero te trajo de regreso. Era el momento de decidir: o te llevabas el libro o lo dejabas en su sitio. Juntaste los billetes de la cartera con las monedas de los bolsillos y con los centavos que se van acumulando en el fondo de la mochila. Justo, pero te alcanzaba.

Aunque todavía lo ignoras, esta tarde solo vas a leer dos o tres páginas más del Diccionario jázaro, y después ya no volverás a abrirlo. No es que vayas a morir durante su lectura, como les pasó a los usuarios de uno de los ejemplares de la primera edición (de 1691), que estaba impreso con tinta envenenada. No es que te vaya a decepcionar, luego del primer instante de emoción. Es que una sola de esas páginas está a punto de cambiar tu vida.

De momento, lo que te preocupa es sentarte y seguir leyendo. Ya no te queda para un café, pero ves una banca libre y en sombra. Antes de abrir el libro, te demoras un rato viendo a la gente. Quizá más dispuesto a jugar que a leer, repasas con calma las instrucciones de uso: “Se puede leer de principio a fin, pero también es posible iniciar la lectura donde a uno le plazca. Se puede leer en diagonal o de atrás hacia delante, para llegar de nuevo al inicio y releerlo hasta el fin. Es posible perderse en su interior y abrir un sendero como haríamos en el bosque… También se puede jugar con él…; quien más indaga más posibilidades tiene de ganar”.
Ahora sí que puedes dar rienda suelta a tu costumbre de hojear anticipadamente el final de las novelas (lo que te convierte en un nefasto lector del género policiaco). Te saltas el índice y llegas a la “Nota final sobre la utilidad de este diccionario”. Vas leyendo cada vez más despacio, como si no te creyeras lo que está escrito o como si tuvieras miedo de lo que viene después. Cierras el libro y lo aprietas como el dueño de un secreto.

Según la nota, el diccionario tiene ejemplares masculinos y ejemplares femeninos (es cierto; no te habías fijado, pero ahí está, en la cubierta: “Ejemplar masculino”). Hay una pequeña diferencia entre los dos tipos; juntos forman una unidad. En este último apunte, el autor habla también de las relaciones entre los lectores y el libro, habla de la soledad que supone leer una novela tan voluminosa, dice que eso le causa remordimientos y propone una salida, una justificación que le redima de la culpa de haber escrito 312 páginas. El dueño del ejemplar masculino, o sea tú, debe ir, el primer miércoles del mes a mediodía, a la plaza mayor de su ciudad, libro en mano. Allí le estará esperando alguien con el ejemplar femenino, quién sabe si una muchacha que una vez al mes baja a la plaza y lee distraída el diccionario con “ojos veloces y cabellos lentos”, consciente de que tarde o temprano llegará su lector complementario, el único que la puede sacar del laberinto de los jázaros. “El libro formará para ellos una unidad coherente como una partida de dominó, y ya no lo van a necesitar. Que regañen duramente entonces al lexicógrafo, pero que terminen cuanto antes, en nombre de lo que viene después, porque eso es un asunto exclusivo de ellos y vale más que cualquier lectura. Los veo, en una calle, que disponen su cena sobre un buzón de correos y comen abrazados, sentados en el sillín de una bicicleta”. 

Fotografía: microrelatosilustrados.blogspot.com