QUE RECOMIENDO  
 
 
   
 
 
  RELATORES ANTERIORES  
     
     
  Madera Noruega  
  Rodrigo Gutiérrez González  
     
     
  En mi pequeño mundo comenzó  
  Por Oscar Adrián Carrasco Arias  
     
     
  Seis y contando  
  Rodrigo Gutiérrez González  
     
     
  Un viejo gruñón y anillado  
  Gabriel Chanchi - Orión @gabrielchanchi  
     
 
Lluvia Parte 1
Por Kelma Tal-Qamar (Alejandro R. Chávez)
 
Víctor veía con aburrimiento el movimiento de las burbujas de su lámpara de lava. Subían y bajaban con una lentitud desesperante. Y peor, el frío de afuera se colaba por las rendijas de las ventanas y congelaba el departamento. Mientras tanto, en un radio encendido en algún lugar de la casa narraba historias de asesinatos, atracos, secuestros y resultados de fútbol. Cansado, tomó sus llaves y su abrigo y salió por la puerta del apartamento, dejando a la radio hablándole a la pared sobre las nuevas compañías de teatro de la ciudad.

Buscó su celular en los bolsillos de su abrigo y le marcó a un amigo. Cuando su compañero le contestó, Víctor lo invitó a tomarse unos tragos. Su amigo lo rechazó, pues estaba trabajando aún, pero le dio la dirección de un bar cercano y se disculpó. Víctor se despidió molesto y miró la dirección que había anotado. Era apenas a unas cuadras. Recordó las palabras del hombre de la radio, se encogió de hombros y se echó a caminar hasta llegar al bar.

Entró a un bar pequeño y casi desierto. Parecía más un café de bohemios que un bar. Afortunadamente tenía una cantina y se dirigió ahí de inmediato. El cantinero, un hombre gordo, maduro y totalmente falto de pelo le ofreció algo de tomar. Víctor pidió un Cielo en el Infierno y el cantinero se lo sirvió con el estilo que sólo puede dar una vida de dedicación. Tras recibir la bebida con un “gracias” dicho entre balbuceos, comenzó a beber y a observar el lugar.

Al contrario de lo que había pensado al principio, el lugar no estaba vacío, toda la clientela estaba concentrada en una esquina particular del local. Ya había podido percibir unas horribles piezas musicales desde que entró al local--que sin embargo le sonaban un tanto conocidas--, pero nunca se habría imaginado que fuera un karaoke lo que se escuchaba. Tanto si la ubicación tan escondida de la atracción era para motivar a los nuevos clientes a adentrarse para observar claramente, o si era para paliar un poco las pésimas interpretaciones de sus clientes regulares, ciertamente la ubicación cumplía con el sentimiento del local.
Volteó a ver la clientela lentamente. Los rostros de la gente--de las chicas, entiéndase--no eran particularmente llamativos, ni sus cuerpos muy exuberantes.
Tampoco los hombres parecían estar muy dispuestos a la fiesta--ignorando, claro, el entusiasmo con el que un grupo le hacía coro a un gordo que cantaba a todo pulmón ”I Will Survive” en el escenario--, y el bar no tenía un diseño muy agradable. Más bien resultaban chocantes sus decoraciones vistosas y el exceso de luces de neón. Víctor apresuró su trago y se dispuso a irse, cuando una voz le llamó la atención. Una voz femenina.

Uno notaba que los clientes que se encontraban en la esquina del karaoke eran asiduos al local. Eran, por así decirlo, un club del karaoke. Y se veía también a primera vista que la chica que ahora cantaba “Música ligera” en el escenario no era parte del club. Estaba apenada, sumamente sonrojada y cantaba con precaución.
Tras escuchar un par de líneas, la antes bulliciosa clientela se empezó a callar y la miró tan ensimismada como ahora la veía Víctor. Incluso él se encontró tarareando, un murmullo casi inexistente, haciendo coro con la muchachita.

En las últimas líneas, la potencia de la voz de la chica había incrementado junto con el ánimo del grupo (y su propia confianza), que explotó en malos coros y acompañamientos, seguidos por una avalancha de aplausos y ovaciones a la nueva--ya oficial--integrante del club. Víctor se resistió a aplaudir. ¿Por qué habría de demostrar tal debilidad? Sólo fue una interpretación, después de todo. Una gran, impresionante, remarcable interpretación; pero sólo eso.

La chica bajó del escenario y se dirigió a una mesa, donde lo esperaba un hombre bien parecido, claramente mayor que ella. Víctor se sintió un poco desanimado al verla acompañada(“¿Por qué, si al fin era sólo una desconocida que se aventaba a los brazos de su pareja? No, seguramente no es su pareja, solamente debe ser su padre o… algo así, espero… ¿Por qué pienso eso? ¿Qué más da? Ridiculeces”), pero se repuso en poco tiempo. Pagó su bebida y se intentó dirigir a la puerta, pero sus pasos lo llevaban discretamente hacia el karaoke. No, no al karaoke, a la mesa de ellos. La de ella.

“¿Qué haces? ¿Qué diablos…? Por favor, vete ya, sólo es una niña que sabe cantar muy bien. Aparte, viene acompañada y el tipo es bien parecido y tal vez sólo sea su primo o algo y ¿qué le podría decir? Hola, te vi cantando y me gustó mucho y no, no, mil veces no. De acuerdo, piensa con cuidado y maldita sea, sal, ahora”.

Víctor estaba a punto de llegar a la mesa de la chica, cuando ella y su acompañante se levantaron y se prepararon para irse. Nunca se vio movimiento más rápido: Víctor frenó de improviso, se detuvo como fingiendo observar con mayor detenimiento al club del karaoke y huyó hacia la puerta del bar. El aire frío de la noche lo despertó y se sintió bien. Iba a dirigirse a su casa cuando su mano izquierda decidió adentrarse al bolsillo de su abrigo, sacó su cajetilla y se detuvo a fumar. Se quedó parado en la puerta y dio un par de sorbos al tabaco hasta que la pareja salió del bar y pasó a su lado, sin notar su presencia. Víctor esperó a que se alejaran una distancia prudencial, ligero y nervios revueltos. Le era imposible saber cuáles fueron los pensamientos que lo llevaron a seguirlos, pero Víctor estaba ahí, sin perderlos de vista y persiguiéndolos mientras se internaban en la oscuridad de la noche de la ciudad.

El viento sopló frío y tajante, anunciando una tormenta, cuando la pareja se detuvo en la entrada de un oscuro parque. El hombre besó a la muchacha en la mejilla y se separó de ella, yéndose por su parte. Víctor no se detuvo y los rebasó durante su despedida, internándose en el parque, y oculto entre las sombras espió a la chica. Ella estaba parada, viendo al muchacho alejarse. Cuando ya no se distinguía la figura del hombre en la soledad de las calles, ella también se internó en el parque, empezando a caminar con rapidez. Las primeras gotas comenzaron a caer mientras ella pasaba a lado de Víctor, escondido entre los árboles...

(Continuará)