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Dios volvió la mirada a la última pareja de jóvenes amantes en el planeta. Enarboló el trueno en su mano y éste retumbó con una violencia semejante a la del océano en cólera. Algo en ellos, sin embargo, llamó fuertemente su atención y lo contuvo, permitiéndoles vivir un tiempo más. Quiso hablarle a los demás dioses para que vieran aquello que a punto había estado de eliminar en esas criaturas. Pero, ellos sólo se interesaron durante un breve lapso.

Día a día los contemplaba extático hasta que una noche, como era de esperarse, él también se aburrió y dejó de mirarlos. Ya se había dado cuenta que la pureza con la que se trataban sería la misma y ni siquiera los persiguió.
  
                                                           II
Tanto hacían el amor que una noche se quedaron adheridos. El sudor y las emisiones de mutuos orgasmos secaron, se hicieron plasma, células horrendas y monstruosas y, por fin, carne. No pudieron separar sus cuerpos, como si un arbusto clavara profundamente sus raíces a la tierra; como si la tierra apresara con efusión las ramas que hacen de ella un refugio. La sabiduría emergió como siempre del placer y en el exceso habitaron los dos.

Con el transcurso de las lunas el híbrido se hizo un solo ser, incrustando las pieles en una nueva, en una vieja... Se multiplicó por la tierra, en las costas del mundo bañó su terrible morfología y se arrastró por el fango, por los desiertos, por las cimas escarpadas, viviendo y muriendo de su amor. Otra vez desafió a los dioses, pero esta vez consiguió derrotarlos.