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Era un largo viaje y sin recordar cuantas horas había estado sentado observando las luces que transitaban junto a él, sentía que había sido noches transcurridas en aquel autobús.

Le apetecía escribir un cuento o mejor aún, confesarse ante el papel y con el perdón de la pluma por todo lo que no había hecho. Pero llegó a sentir una falsedad en sus deseos y renunció a ellos para entregarse al sueño arrullado por el movimiento constante del transporte que lo conducía a casa.

Ya en el sueño, sabía que soñaba y todo lo sentía tan real: la barba larga y blanca que acariciaba; el dolor de espalda que le retorcía los huesos; la muerte de la mujer que amaba, la mujer  que tantos años le acompaño para evadir la soledad; y los soles que hora tras hora se iban extinguiendo sobre el cielo rojo.

La vida estaba ahí y el solo la observaba, pensando que los años se habían olvidado de él, que el tiempo lo había exiliado de su reino para darle cabida a las guerras incesantes y a las estrellas moribundas, porque ya había muchos humanos que se mataban constantemente y pocas estrellas sobre la tierra. Se sentó sin más que hacer, sobre una piedra. Pero hasta a la piedra le estorbaba su presencia, le impedía respirar y se movió para aventarlo lejos, muy lejos de ella evitando así la sombra del hombre inconcluso.

Sabía que soñaba y todo era tan real: el viento que le golpeaba el rostro;  las huellas que escapaban de sus pasos por temor al destino; su escueto cuerpo que no parecía conocido. Todo era tan real hasta que recordó: pretendía llegar a un lugar que había olvidado, no sabía su nombre ni porque tenía que llegar ahí, pero sabía que era la única opción para poder seguir. Así que caminó, caminó y caminó.

Caminó hasta que sus pies se quedaron en el pasado, caminó hasta que ya no recordaba palabras para expresar su cansancio. Camino hasta que recordó que lo suyo era un sueño, un sueño que se lo había comido.