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Madera Noruega
Rodrigo Gutiérrez González
 

Imagen: wikipedia commons, detalle de iglesia Urnes.

No sé qué es lo que hago aquí. No entiendo cómo pasó, cómo terminé en este lugar. Salí únicamente a tomar un trago, quizá dos, y de repente estoy aquí, en el apartamento de una mujer. Estoy parado a dos pasos de la puerta, no puedo moverme, estoy sudando frío. Mejor me voy, antes de que ella salga del tocador, sí, debería de irme, correr, huir antes de que pase algo de lo que me arrepienta toda mi vida, pero no puedo, algo me detiene, es como si yo la tuviera a ella… o más bien como si ella me tuviera a mí.

Por fin logro mover la mano para ponerla en la perilla de la puerta y poder irme en libertad o ¿escapar de ella?

Antes de que yo pueda hacer algo más, la mujer aparece. Melena hasta la altura del pecho y pelirroja; labios ligeramente pintados, como quien apenas se atreve a maquillarse; vestido azul con detalles en negro que va desde el cuello hasta las rodillas, no necesita de medias, aún es joven; delgada y pálida, muy pálida, al grado que ilumina como si la luna viviera bajo su piel.

Me dice que tome asiento, que estoy en mi casa, mientras camina hacia mí. Sus pasos no se oyen, no sé si es por la suave alfombra vino que inunda todo el recinto o la ligereza de sus pies descalzos que provocan un flote en su andar. Yo asiento con la cabeza sin poder hacer ni un solo ruido, me toma de la mano, la suya es muy pequeña, el contraste de tamaños parece tierno, como cuando un niño se pone ropa que le queda extremadamente grande. Me lleva de la puerta hasta la sala, me sienta en un sofá y va a la cocina a servir algo de tomar. El departamento es sublime, pero carece de extensión. Desde donde estoy puedo ver prácticamente todo: sólo tiene dos habitaciones, separadas por un baño, una sala y comedor-cocina divididas únicamente por una barra. Todas sus paredes están vestidas de cuadros que no entiendo de autores que nadie conoce, no hay ni un solo hueco. Quizá con la ausencia de blancos en su pared trata de llenar un vacío en ella, no lo sé.

Sus muebles: todos son de madera.

Por la ostentosidad y el tamaño de su departamento podría asegurar con alivio que no es casada y que no tiene hijos… pero ¿y yo?, yo no puedo decir exactamente lo mismo.

Meto mi mano a uno de los bolsillos de mi saco, aparece un cigarro, el cual intento prender, pero ella lo impide desde la cocina, diciendo que no se fuma dentro de la casa. Vuelvo a meter el cigarro en mi bolsa.

Ella regresa con un par tazas, me da una para posteriormente sentarse a un lado de mí y poner su mano en una de mis piernas. Le doy un sorbo largo a lo que me trajo sin adivinar qué tipo de bebida es, no me sabe a nada, de todos modos, cualquier cosa que me diera no me sabría a absolutamente nada. Sigo bebiendo, ahora lo hago con tragos cortos y constantes, todo esto sin quitarle la mirada al enorme librero que lidera la sala.

Al ver mí mirar ininterrumpido al enorme mueble, ella intercede diciendo únicamente “madera noruega”. Mi mirada perdida se volvía a verla sin entender sus palabras. Al enterarse de mi desentendida explica que el librero, la sala, el comedor y todos los demás muebles están hechos de madera noruega, la cual es muy cara y delicada. Ella trata de explicarme el origen de aquella exótica madera asegurándome que ésta estaba de moda a mediados del siglo pasado.

Antes de dejarla seguir la interrumpo y al mismo tiempo quito bruscamente su mano de mi muslo. No debería estar aquí –digo mis primeras palabras dentro del departamento- no es correcto –le subrayo.

La mujer, desentendida, me pregunta el motivo de este supuesto agravio. Estoy comprometido –le respondo mirando detenidamente el anillo que tímidamente porto en la mano izquierda. Ella sigue sin entender nuestra falta, pues a su criterio, con una sonrisa inocente y recalcada, asegura que no estamos haciendo nada malo. Bueno en eso tenía razón, pensé. Sin embargo, la culpa seguía incrustándose de manera fugaz en mi mente.

Así que decido irme. Le doy un último trago largo a la taza, me levanté efusivamente. Agradezco por la velada sin hacer contacto físico, ni visual. Camino hacia la puerta y cuando me faltaban un par de pasos para llegar a ésta, la mujer, sin gritar pero notoriamente desesperada emanó un “¡Espera!”. En ese momento me detengo sin quererlo. Forcejeo con mi propio cuerpo hasta que cedió. Demasiado tarde. Ella ya había caminado hacía mí, con sus diminutas manos tomó mi rostro, lo dirige al suyo. No hace otra cosa más que mirarme. Segundos que parecieron horas mirando aquel par de luceros color satinado, el café de mis próximos desvelos. La culpa desapareció.

Me dice que me quede, que quiere mostrarme su habitación. Sin expresar una palabra caminé detrás de ella. Atravesamos la sala. Abre la puerta de una de los cuartos que se encontraban a un lado del baño. Entramos. Me dice que me siente en cualquier parte. Miro a mi alrededor, no hay sillas. A diferencia del resto de su casa, esta parte es particularmente vacía, no tiene muebles, ni cuadros extraños en las paredes, únicamente una cama a ras de piso en una alejada esquina del recinto y la continuación de la alfombra que reinar en todo el inmueble. Entonces, me siento en la alfombra.

Sale de la habitación, regresa segundos después con una botella de vino. Me extraña que no trajera copas, vasos, tazas o cualquier cosa para vaciar el licor espumoso. Sin lograrlo, intenta descorchar la botella, se la quito suavemente de las manos y la destapo. Ella sonríe y toma directamente de la boca de ésta para posteriormente ofrecerme. Bebo un trago considerable.

Con el hedor del vino invadiendo el lugar, los músculos relajados y las sonrisas contantes, ella intercede con las primeras palabras. Me pregunta el porqué de mi culpa constante, le contesto que estoy comprometido y que me casaré en un par de meses, que no puedo hacerles esto. De repente, sin dejarme terminar me cuestiona el porqué de mi presencia en su hogar, si lo que gobernaba en mi era la culpa. No supe responderle. Sigue preguntando: ¿Eres feliz?. Tampoco supe responder.

Tras un largo silencio, le menciono que estoy cansado. Su cara reflejaba que no entendía. Sin saber de dónde, comenzaron a salir palabras de mí, palabras de quejas que nunca había pensado ni sentido, por lo menos no conscientemente: Me cansé de esperarla, de cerrar los ojos al mundo hasta que su voz haga romper el hechizo. Me cansé de oírle decir que siempre estará ahí para mí, mientras se va por donde llegó. Me cansé de su interés oportuno, ese salvavidas que usa cuando lo ve todo perdido pero no quiere perderme. Me cansé de pensar en ella, de creer que hacía lo mismo, de ser un ingenuo. Me cansé de creer que me necesitaba, cuando en realidad ni yo la necesito. Me cansé de ir siempre tras de ella, recibiendo a cambio caras largas, entusiasmos obligados y silencios incómodos. Me cansé de decir que todo está bien, pensando que el problema era yo. Me cansé de esperar a que regrese. Me cansé de tenerle fe, de creer ciegamente que era el amor de mi vida. Me cansé de escribirle y decirle mis “sentimientos” y de ocultarte la mitad de mis palabras. Me cansé de entregarle toda mi vida, para recibir únicamente sobras de sus días.

Al cerrar mis labios, su reacción fue de sorpresa, no lo esperaba. Más fue mi sorpresa cuando me asegura que la culpa es mía, no de ella, que estoy luchando una guerra que yo perdí desde el momento en que la conocí. No entendía nada. Afirma que yo estoy luchando por hacer de alguien como yo quiero. Entonces, me explica: Es como una guerra. Estás en medio de ella, pero nunca vas a ganar… y lo sabes. Pese a ello, sigues en pie de lucha, con el orgullo, casi omnipotente, sobresaliendo y la impotencia comiéndote por dentro. Tus hombres caen uno por uno, pero tú no tiras la toalla, ni agitas el pañuelo; no hasta que el último soldado esté mordiendo el polvo. Ráfagas de indiferencia, armas biológicas repletas de dudas, minas sensoriales activadas con egocentrismo y ataques nucleares llenos de esperanza caen sobre tu trinchera. Los instrumentos que utilizas para repeler los ataques son obsoletos. Eres el único hombre de pie, no te rindes aún, no puedes regresar con la cola entre las patas. Sólo esperas a que te den el tiro de gracia, pero no importa, porque desde antes que comenzara la batalla tú ya estabas muerto.

No dije nada, tengo un nudo en la garganta, sólo podía asentir con la cabeza. No te preocupes- me dice sonriendo ligeramente- yo vine a salvarte. ¿De ella?, le pregunto. No, de ti mismo- me responde sublimemente.

Seguimos bebiendo, el silencio es el amo absoluto del momento interrumpido ocasionalmente por un par de suspiros entre tragos. La botella se acaba y con ella el silencio: ¿Sabes?, confió plenamente en la eventualidad de habernos encontrado- señala mientras se acuesta en la alfombra para mirar el techo. Sin entender el porqué de sus palabras, continúa: Destino, lo llamo yo. La efervescencia de un evento lo es en sí por la falta de relevancia en el protagonista; o el poder de algo inexplicable que marca en alguna pauta intergaláctica lo que debe de pasar sin entendimiento mínimo, pero transcendental e inextinguible- declama, cierra los ojos y yo sigo sin entender.

Al ver mí expresar dudoso, se levanta, se sienta frente a mí, me mira a los ojos y comienza de nuevo: Dime loca, pero hay algo raro en ti. Desde que cruzamos las primeras palabras siento una libertad iracunda que en momentos llego a pensar que es libertinaje.

Tras sus palabras el silencio volvió y no hicimos otra cosa más que mirarnos a los ojos, frente a frente, sentados con las piernas cruzadas.

¿Qué piensas?, pregunté curioso interrumpiendo el silencio. En ti y en mí, me confiesa sin apartar su mirada de mis ojos. ¿Tú y yo?, volví a cuestionar. Así es, tú y yo –recalcó a la par que cambiaba el mirar hacia el techo- tú y yo llamados locos, por una sociedad de entrometidos, únicamente por hacer lo que queremos hacer; tú y yo viajando sin rumbo, hablando sobre la nada y cantando canciones que nunca nadie escuchará; tú y yo escribiendo letras, mandando cartas, para ocultarlas donde nadie las leerá; tú y yo en desvelo eterno, contándole a la oscuridad nuestros más sensibles secretos; tú y yo despertando tarde, sin preocupación alguna, pues ¿qué inquietud podrá haber estando juntos?; tú y yo dejando recuerdos mucho más largos que el camino que nos falta por recorrer;  tú y yo entrelazados, más allá de las manos… del alma, del destino; tú y yo plasmando en el largo papel de la vida, aquellas historias que los grandes escritores quisieron plasmar, pero que nunca se atrevieron a hacerlo; tú y yo sin terminar esta noche, porque mientras el reloj de arena no se acabe, siempre habrá un nosotros que le de vuelta.

Inmediatamente, al cerrar sus labios, el mirar cambio al suelo, el cual veía como anhelando sus palabras, rendida. Quise abrazarla, pero la sensación extraña que dominaba mi ser no me dejaba. Estaba frente a mí la mujer que quería, que creía querer. Eso no es justo, amarla o creer amarla sólo porque no es lo que tengo en casa, no se lo merece. 

Tras recuperar el semblante, aun con la mirada baja, mira el diminuto reloj que porta en su muñeca, eran ya las dos de la mañana. Es hora de ir a la cama -dice levantando por fin la mirada- trabajo por la mañana. Yo no –le respondí mientras me levanto y camino hacia fuera de la habitación. Duermo en la bañera.

Despierto con un ligero dolor de cabeza, sin zapatos, sin saco, camisa desarreglada. Camino lentamente a su habitación, no está. Posteriormente busco en el otro cuarto, sala, comedor y cocina, no hay nadie. Estoy solo. Tomo mi abrigo y mis zapatos, no me los pongo, no hay más que irme, apunto mi número en un papel y lo pongo en la mesa de centro. Hurgando en mis bolsillos hallo una nota, es de ella, dice que me fuera, tomara un baño, desayunara si quería, pero que me fuera y que no dejara rastro de mí.

Que rabia, todas las palabras, todos los silencios, el tiempo que pasamos para que simplemente me fuera sin dejar rastro. Me debí de haber largado cuando estaba en medio de toda esa madera norueg… ¡Cierto!, la madera noruega –exclamé mientras corría a la cocina. Prendí un cigarro, el que ella metió en mi saco y encendí rápidamente el sillón principal de la sala, a su vez comenzaba arder la alfombra que llevaría consigo el fuego a toda la casa.

Salí de aquel lugar con el abrigo en el hombro derecho mientras pensaba: ¿No quería rastro?, pues un poco de fuego, no está mal. De igual manera, el ave ya había volado.