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En este espacio dedicado a Parnaso Creacción (@Par_Creaccion), su valiente líder selenita, Olga Becerra nos regala un poco de los trazos de su pluma.  Con un estilo peculiar y creactivo, Olga nos lleva por las cercanas y lejanas galaxias de la literatura, prometiendo gratas sorpresas.

 
 
La aspiradora
Aunque a veces, esa amnesia colectiva me hace dudar de mí mismo y de la veracidad de la historia que acabo de contar.
 

"Asombro de la estrella ante el destello de su cardada lumbre en alborozo. Sueña melocotón en que su bozo, al aire pueda amanecer cabello". Rafael Alberti.

Cuando la aspiradora se tragó la cucaracha creí habérmela tragado yo. El estómago me dio un vuelco. Los golpeteos que dio contra el tubo parecían dármelos a mí en las mismísimas paredes de mi esófago. Pero la sensación en mi cuerpo fue aún peor cuando pasaron unos días y vi como la aspiradora crecía. Al principio pensé que se trataba de una alucinación.

No fumes tantos porros, ni tomes pastillas raras, me dijo mi hermano en tono de broma, cuando se lo conté. No me enfadé con él porque de sobra sabe que yo no he fumado en mi vida, ni tomo nada raro. Lo cierto es que la aspiradora estaba creciendo.

Ya tenía un tamaño considerable cuando comprobé que latía. Su movimiento acompasado y el sonido era como un tic-tac tan fuerte y molesto, que empezó a incordiar a los vecinos. Con lo que sucedió lo que era de esperar: llamaron a la policía quejándose de aquel ruido penetrante y desagradable que no dejaba concentrarse en ninguna tarea a quienes lo escuchábamos.

La noticia corrió como la pólvora y junto un buen equipo policial, llegaron periodistas y médicos con fonendoscopios y otros artilugios que me aseguraban que la aspiradora tenía vida, pero que no sabían cuál era su naturaleza porque ni ecógrafos ni otros sistemas de medición se atrevían a dar una opinión válida. Y aunque yo pensaba que para llegar a esas conclusiones, no me hacían falta ni tantos títulos ni tantos cachivaches como los que llevaron a mi casa un buen día llegaron unos agentes del Gobierno que me la requisaron, con la excusa de querer realizar un estudio más serio y sistemático, utilizando los medios disponibles en un laboratorio que se había habilitado para tal fin.

Qué decir. A mí me supuso un alivio porque el sonido, como ya he comentado me mantenía en un estado de alteración constante. Ni qué decir tiene que a mis vecinos también les gustó la decisión gubernamental. Pero mi felicidad y la del vecindario duró poco. Debe ser la naturaleza de los gobiernos, que no es precisamente la de dar gusto a los gobernados.

No habían pasado, como digo, ni dos semanas cuando los sonidos de los coches patrulla, ambulancias y bomberos nos despertaron a todos. Era una mañana lluviosa que no impidió el desarrollo de los acontecimientos que vendrían a continuación. En un despliegue como nunca había visto ni en las películas más taquilleras de la historia, las familias que vivíamos en mi edificio y las de toda la manzana a la que pertenecíamos, fuimos desalojados. Sin más explicaciones que la posibilidad de un derrumbe en cadena, nos echaron a todos de nuestras casas y nos dieron alojamiento en otros lugares de la ciudad.

En medio de todo ese ruido, se escondía un solo objetivo: el regreso del artefacto a mi hogar. Durante el tiempo que siguió, creo que fueron aproximadamente tres meses, el anómalo crecimiento de mi aspiradora fue eje y centro de las noticias locales. Tres meses en los que no se traspasaron los límites de lo local, ya que ni las redes sociales ni el resto del mundo supieron de la existencia de esa aspiradora que crecía y crecía en mi casa. Todavía me pregunto cómo consiguieron las autoridades mantener ocultos estos hechos que se escapaban a la comprensión de mi barrio y de mi ciudad.

La historia se complicó todavía más un buen día cuando, sin esperármelo, me sacaron de mi oficina. No me dieron explicaciones. Me llevaron a mi casa y comprendí que me estaban obligando a observar el proceso de aquel extraño engrosamiento de mi aspiradora.

Me habían pedido que pusiera mi mano en  su superficie y lo había hecho. ¿Qué más querían? Ni que fuese un parto. Se me ocurrió decir con desprecio, cuando me colocaron una mascarilla quirúrgica.  Sucedió entonces que, en cuanto oyeron mi comentario, todos los científicos observadores y los guardianes de la aspiradora, me mandaron callar con la misma contundencia con la que los familiares de un enfermo terminal acallan a aquellos que hablan de la muerte en presencia del agonizante.

¿Así que se trata de un parto? –grité asqueado, haciendo notar que no iba a ser yo quien acompañara a una aspiradora a punto de parir una cucaracha gigante o cucarachitas de a montón, sobre todo, observando el tamaño que había adquirido el electrodoméstico.

Y como no estaban dispuestos a escuchar lo que consideraron mi salida de tono, me ataron a la silla y  sustituyeron la mascarilla por una auténtica mordaza. Eso sí, mi mano derecha bien atadita a la superficie de aquella aspiradora deforme que me estaba martirizando más de la cuenta y que no dejaba de latir de una manera tan desagradable como extraña.

No era la más bonita. Tampoco la más eficiente. Ni qué decir tiene que no era la más silenciosa. Ni siquiera encontraba sus bolsas y accesorios en todos los sitios. Las mismas preguntas recorrían mi pensamiento una y otra vez ¿Por qué la compré? ¿Por qué? ¿En qué estaría yo pensando? En qué hora, en qué maldita hora me fijé en ella.

Debieron pasar días. No puedo precisarlo. De repente, la máquina se abrió y comenzó a expulsar pequeñas motitas negras. Se me parecían al revuelo de la ceniza cuando chasca la lumbre. Así estuvimos unos diez minutos en los que el aire se volvió asfixiante y creí que me iba a ahogar porque al tener tapada la boca, se me hacía muy difícil respirar por la nariz. Cuando estaba a punto de perder el conocimiento, vi como de repente, no quedaba nada de aquellas motitas negras.

No me lo podía creer. Nada. Ni polvo. Ni pelusas. Ni cucaracha. Ni nada. Vamos, nada de nada. Una nada tan absoluta como asombrosa.

¿De dónde había salido aquel latido? ¿De dónde ese considerable aumento de tamaño? ¿Qué había sucedido?

Ahora sí. La noticia recorrió todo el planeta en menos de tres horas. Una explosión de gas. Eso es lo que dijeron. Todavía intento buscar. Pero de nada me sirve porque los acontecimientos de aquel extraño suceso, han sido borrados de la faz de la tierra. Y es como si la historia que acabo de contar nunca hubiera sucedido. Pero lo peor de todo no es eso. Lo peor es que ni los vecinos desalojados, ni mi hermano, recuerdan absolutamente nada. Y yo estoy seguro de que no fue un sueño. Aunque a veces, esa amnesia colectiva me hace dudar de mí mismo y de la veracidad de la historia que acabo de contar.